jueves, 21 de junio de 2018

La sociología de la dominación en el contexto de la obra de Max Weber

La inquietud por explicar el ejercicio del poder y la dominación social constituye una preocupación constante en el pensamiento de Max Weber. Sus planteamientos sobre la toma de decisiones y sobre los motivos que sustentan las diversas formas de autoridad se encuentran desarrolladas tanto en Economía y sociedad como en los escritos políticos y los estudios de las grandes religiones universales.

De allí que, lejos de compartir la frecuente compartimentación temática que se ha hecho de estas obras —entre los intereses políticos y su sociología política por un lado, y entre la sociología política y la sociología religiosa, por el otro— el presente trabajo recurre a las diferentes fuentes rastreando ciertas concepciones sobre la organización política presentes en todas ellas. Para analizar el patrimonialismo nos proponemos adentrarnos en la sociología de la dominación en Weber concibiéndola no como una serie de estudios “aislados”, sino en relación con sus “otras sociologías”, específicamente la religiosa, la económica y la jurídica. Pensamos que únicamente mediante el estudio de estas cuatro perspectivas podremos comprender el significado de la sociología de la dominación en el contexto general de la obra de Max Weber y la forma en que las organizaciones políticas se vinculan con las otras esferas de la vida social.

Como mencionamos anteriormente, nuestras fuentes básicas serán los textos compendiados en Economía y sociedad y los estudios de Weber sobre religiones orientales (en particular los casos de China e India). En la evaluación de estos ensayos intentamos superar algunos errores de interpretación originados por la confusión de las fechas reales de redacción de los mismos. Por un lado, algunos autores como Reinhard Bendix[1] han afirmado equivocadamente que Economía y sociedad ocupa un lugar privilegiado por tratarse de la última obra de Max Weber en donde sus concepciones están más acabadas y elaboradas. Como contrapartida, otros estudiosos como F. H. Tenbruck aseveran que en Economía y sociedad Weber no alcanza a desarrollar la profundidad analítica que posteriormente se presenta en los estudios sobre religiones. Lejos de coincidir con cualquiera de estas lecturas, nosotros estamos de acuerdo con Jeffrey C. Alexander cuando explica que, en realidad, las preocupaciones políticas y religiosas de Max Weber están históricamente entrelazadas; la mejor evidencia de que así deben ser consideradas viene del propio Weber quien, en un documento escrito en 1915, señala que los estudios comparativos sobre religiones están planeados para aparecer como complemento al capítulo sobre el tema incluido en Economía y sociedad. Como hemos señalado, entre 1911 y 1913 Weber trabajó intensivamente en las secciones políticas e históricas de Economía y sociedad. Durante los cuatro años posteriores aparecerán sus monografías sobre la sociología comparativade las grandes religiones universales. En la última etapa de su vida, Weber continuó con sus estudios sobre religiones y paralelamente redactó ensayos políticos y dio cátedras sobre historia económica. Sus pláticas en Viena sobre el socialismo y el Estado se pronunciaron en 1918. Las lecciones compiladas en Historia económica general datan de 1919, mismo año de publicación del ensayo sobre la religión en China. En 1920 Weber añadió notas de pie de página a La ética protestante y redactó el ensayo sobre la racionalización histórica que se convertiría en la conocida “Introducción” a sus volúmenes sobre las religiones comparadas.

Pensamos que es válido buscar la continuidad de planteamientos en estas obras ya que en ellas la inquietud inicial weberiana por el capitalismo se ha extendido a una preocupación más amplia sobre el proceso de racionalización occidental en sus diferentes aspectos — político, religioso, artístico, etc.—.Por tratarse de trabajos redactados durante el periodo propiamente “sociológico” de Max Weber, el desarrollo de las categorías adquiere una generalización mayor que el que previamente tenían sus escritos históricos. Al respecto, algunos autores consideran que los “dos periodos” de la producción académica de Weber coinciden con la crisis nerviosa que sufrió de 1897 a 1902. Otros estudiosos como Wolfgang Mommsen afirman que este cambio de perspectiva en la obra de Max Weber se hace evidente en 1913 cuando el autor escribe una parte de la sociología de la dominación y el ensayo “Sobre algunas categorías de la sociología comprensiva”, que posteriormente se integrarán como diferentes secciones de Economía y sociedad. A partir de entonces, la mayoría de su producción deja de ser fundamentalmente una “historia de la cultura” para dar lugar a una sociología universal y sistemática. Por nuestra parte creemos que la diferenciación entre la “etapa histórica” y la “sociológica” de Weber nos es muy útil para distinguir como parte de la segunda las fuentes básicas de nuestro trabajo. El hecho de que en sus últimas obras Weber se preocupe por una mayor precisión conceptual con alcances generalizadores nos permite hacer un seguimiento de los significados de la terminología en el contexto de la teoría general del autor. Sin embargo, no nos interesa entrar en la polémica sobre las fechas precisas de la periodización porque ésta de ninguna manera debe interpretarse como una división drástica del pensamiento de Max Weber. Por el contrario, muchos de los temas que Weber trata en sus escritos históricos están presentes posteriormente en su obra sociológica —de hecho el interés por la cuestión patriarcal y patrimonial se remonta a sus primeras obras en que analiza las presiones económicas y psicológicas que impulsan a los junkers a explotar sus empresas y minar de este modo el viejo orden social. Es tan exagerado hablar de una ruptura que deslinda entre un “Weber joven” y un “Weber adulto”, como defectuoso afirmar que “no hay ninguna señal de una posible distinción, en el nivel metodológico, entre conocimiento histórico y conocimiento sociológico”. Por otro lado, el hecho de que tanto los estudios políticos como los religiosos correspondan al periodo propiamente “sociológico” de Weber no implica que éstos compartan estructuras similares, por el contrario, se trata de trabajos con características claramente distintivas. Mientras en Economía y sociedad —incluso en aquellas partes “cargadas de historia”— los conceptos adquieren una dimensión más general y sistemática, en los libros sobre China e India —por tratarse del análisis de casos concretos — la aplicación de las categorías sociológicas generales se hace en función de las circunstancias específicas.

Por la propia naturaleza de la obra las conceptualizaciones que han sido definidas con más claridad como “categorías sociológicas” —y que han sido difundidas como tales— son las que se encuentran en Economía y sociedad. En los estudios allí compendiados Weber explica sus tesis en torno a los diferentes tipos de dominación dedicando apartados específicos para las distintas modalidades de los mismos. De allí que la mayoría de los académicos interesados en el estudio de estas temáticas weberianas se centren fundamentalmente en este libro. Por razones similares, en el presente capítulo también acudiremos primordialmente a la “sociología de la dominación” desarrollada en Economía y sociedad recurriendo, en forma secundaria, a los otros ensayos arriba mencionados.

Antes de iniciar nuestro análisis conviene aclarar que, si bien es cierto que aceptamos cierta periodización que distingue entre la “fase histórica” y la “etapa sociológica” de los trabajos de Max Weber, consideramos que para estudiar esta última la selección temática y el criterio teórico-metodológico deben regir sobre las cuestiones histórico-cronológicas y biográficas. De allí que no nos preocupemos demasiado por distinguir entre las dos partes de Economía y sociedad dedicadas a la dominación escritas en diferentes años y empecemos este primer capítulo abordando la tipología weberiana a la luz de los enunciados que el propio autor expone en sus “escritos metodológicos” y que arrojan luz sobre la construcción de los conceptos y sus relaciones con la teoría general.

De la crueldad y la clemencia, y si es mejor ser amado que temido, o ser temido que amado

Paso a las otras cualidades ya cimentadas y declaro que todos los príncipes deben desear ser tenidos por clementes y no por crueles. Y, sin embargo, deben cuidarse de emplear mal esta clemencia, César Borgia era considerado cruel, pese a lo cual fue su crueldad la que impuso el orden en la Romaña, la que logró su unión y la que la volvió a la paz y a la fe. Que, si se examina bien, se verá que Borgia fue mucho más clemente que el pueblo florentino, que para evitar ser tachado de cruel, dejó destruir a Pistoya. Por lo tanto, un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos; porque con pocos castigos ejemplares será más clemente que aquellos que, por excesiva clemencia, dejan multiplicar los desórdenes, causas de matanzas y saqueos que perjudican a toda una población, mientras que las medidas extremas adoptadas por el príncipe sólo van en contra de uno. Y es sobre todo un príncipe nuevo el que no debe evitar los actos de crueldad, pues toda nueva dominación trae consigo infinidad de peligros. Así se explica que Virgilio ponga en boca de Dido: Res dura et regni novitas me talia cogunt Moliri, et late fines custode tueri.

Sin embargo, debe ser cauto en el creer y el obrar, no tener miedo de sí mismo y proceder con moderación, prudencia y humanidad, de modo que una excesiva confianza no lo vuelva imprudente, y una desconfianza exagerada, intolerable.
Surge de esto una cuestión: si vale más ser amado que temido, o temido que amado. Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero puesto que es difícil reunirlas y que siempre ha de faltar una, declaro que es más seguro ser temido que amado. Porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues -como antes expliqué ninguna necesidad tienes de ello; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan. Y el príncipe que ha descansado por entero en su palabra va a la ruina al no haber tomado otras providencias; porque las amistades que se adquieren con el dinero y no con la altura y nobleza de alma son amistades merecidas, pero de las cuales no se dispone, y llegada la oportunidad no se las puede utilizar. Y los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca. No obstante lo cual, el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio, pues no es imposible ser a la vez temido y no odiado; y para ello bastará que se abstenga de apoderarse de los bienes y de las mujeres de sus ciudadanos y súbditos, y que no proceda contra la vida de alguien sino cuando hay justificación conveniente y motivo manifiesto; pero sobre todo abstenerse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Luego, nunca faltan excusas para despojar a los demás de sus bienes, y el que empieza a vivir de la rapiña siempre encuentra pretextos para apoderarse de lo ajeno, y, por el contrario, para quitar la vida, son más raros y desaparezcan con más rapidez.

Pero cuando el príncipe está al frente de sus ejércitos y tiene que gobernar a miles de soldados, es absolutamente necesario que no se preocupe si merece fama de cruel, porque sin esta fama jamás podrá tenerse ejército alguno unido y dispuesto a la lucha. Entre las infinitas cosas admirables de Aníbal se cita la de que, aunque contaba con un ejército grandísimo, formado por hombres de todas las razas a los que llevó a combatir en tierras extranjeras, jamás surgió discordia alguna entre ellos ni contra el príncipe, así en la mala como en la buena fortuna. Y esto no podía deberse sino a su crueldad inhumana, que, unida a sus muchas otras virtudes, lo hacía venerable y terrible en el concepto de los soldados; que, sin aquélla, todas las demás no le habrían bastado para ganarse este respeto. Los historiadores poco reflexivos admiran, por una parte, semejante orden, y, por la otra, censuran su razón principal. Que si es verdad o no que las demás virtudes no le habrían bastado puede verse en Escipión -hombre de condiciones poco comunes, no sólo dentro de su boca, sino dentro de toda la historia de la humanidad-, cuyos ejércitos se rebelaron en España. Lo cual se produjo por culpa de su excesiva clemencia, que había dado a sus soldados más licencia de la que a la disciplina militar convenía. Falta que Fabio Máximo le reprochó en el Senado, llamándolo corruptor de la milicia romana. Los locrios, habiendo sido ultrajados por un enviado de Escipión, no fueron desagraviados por éste ni la insolencia del primero fue castigada naciendo todo de aquel su blando carácter. Y a tal extremo, que alguien que lo quiso justificar ante el Senado dijo que pertenecía a la clase de hombres que saben mejor no equivocarse que enmendar las equivocaciones ajenas. Este carácter, con el tiempo habría acabado por empañar su fama y su honor, a haber llegado Escipión al mando absoluto; pero como estaba bajo las órdenes del Senado, no sólo quedó escondida esta mala cualidad suya, sino que se convirtió en su gloria. Volviendo a la cuestión de ser amado o temido, concluyo que, como el amar depende de la voluntad de los hombres y el temer de la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en lo suyo y no en lo ajeno, pero, como he dicho, tratando siempre de evitar el odio (Maquiavelo 1513: 39).

miércoles, 20 de junio de 2018

El arte de la guerra - Sun Tzu

Como en la historia de los antiguos sanadores, en la filosofía de Sun Tzu la eficiencia máxima del conocimiento y de la estrategia es hacer que el conflicto sea totalmente innecesario. Y lo mismo que en dicha historia, Sun Tzu explica todos los grados de las artes marciales: la mejor técnica militar es la que frustra los complots de los enemigos; a continuación, lo mejor es deshacer sus alianzas; después, atacar sus fuerzas armadas; y la peor es sitiar sus ciudades.

Esta estrategia ideal, mediante la que es posible ganar sin luchar, y que consigue el máximo haciendo lo mínimo, lleva la impronta característica del taoísmo, la antigua tradición del conocimiento que alimentó tanto las artes de la curación como las artes marciales chinas. Los antiguos maestros taoístas mostraron cómo el hombre violento y agresivo parece implacable, pero en realidad es una persona emocional; a continuación hacen morir al hombre emocional con verdadera implacabilidad antes de revelar la naturaleza espontánea de la libertad humana. La verdadera implacabilidad, la frialdad de la objetividad total, siempre le incluye a uno mismo con la acritud del juicio cortante sobre la situación real. Esta es la implacabilidad de Lao Tse cuando dice en el Tao Te King que el universo es inhumano y que el sabio considera a las personas como a los perros de paja utilizados para los sacrificios rituales. Chuang Tse, otro antiguo maestro taoísta, también da numerosos ejemplos muy vivos de implacabilidad hacia uno mismo, como ejercicio de perspectiva diseñado para alcanzar el cese de los conflictos internos y externos. Esta «ausencia de humanidad» no es utilizada por los filósofos primitivos como una justificación de la agresión posesiva casi implacable, sino como una meditación sobre la carencia última de sentido de la codicia y de la posesividad que subyacen en toda agresión. En la India, los aspirantes budistas acostumbraban a visitar las hogueras crematorias y a observar cómo se pudrían los cadáveres de las personas muertas cuyos familiares no habían podido pagar una cremación. Lo hacían para expulsar fuera de sí la codicia y la posesividad. Después de conseguirlo, dirigían sus mentes hacia pensamientos sobre individuos y sociedades ideales. De la misma manera, el maestro Sun hace que sus lectores mediten en los estragos de la guerra, desde sus fases iniciales de maldad y alienación hasta sus formas extremas de ataques incendiarios y de asedios, contemplados todos ellos como una especie de canibalismo masivo de los recursos de la naturaleza y de la misma humanidad. Mediante este método proporciona al lector un sentimiento acrecentado del significado de las virtudes individuales y sociales abrazadas por los pacifistas humanistas.

Con mucha frecuencia se piensa que la paradoja es uno de los recursos de la psicología taoísta, utilizado para trascender las barreras imperceptibles de la conciencia. Es posible que la paradoja de El arte de la guerra resida en su oposición a la guerra. Y la manera en que El arte de la guerra lucha contra la guerra es mediante los propios principios de la guerra: infiltra las líneas enemigas, descubre los secretos del adversario y hace cambiar los corazones de las tropas contrarias. 

Sun Tzu: <Es mejor ganar sin luchar>

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